«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»
Introducción
Reflexiones Espirituales es un espacio para detenernos, escuchar la Palabra y dejar que el Evangelio ilumine la vida diaria.
Cada reflexión busca ayudarnos a volver a lo esencial y a caminar con Cristo, en medio de lo cotidiano.
Juan el Bautista y la misión de señalar a Cristo
Juan 1, 29–34
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, dijo:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Este es aquel de quien yo dije:
Después de mí viene un hombre que me precede,
porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía,
pero he venido a bautizar con agua
para que Él sea manifestado a Israel».
Juan dio testimonio diciendo:
«He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma
y posarse sobre Él.
Y yo doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».
VER
Un hombre que reconoce y señala
Juan el Bautista no habla de sí mismo. Habla de Jesús.
Cuando proclama: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29), Juan está haciendo una confesión de fe y un acto misionero. Reconoce en Jesús al Enviado del Padre y lo señala públicamente para que otros puedan encontrarlo.
Juan tenía seguidores, prestigio y autoridad moral. Era escuchado por el pueblo y observado con recelo por las autoridades. Sin embargo, cuando Jesús aparece, Juan no duda. Su misión no es ocupar el centro, sino mostrar a Cristo y hacerse a un lado.
En la adoración eucarística —como lo vivimos en la Hora Santa de la semana pasada— sucede algo parecido. Jesús está presente sin imponerse. No busca llamar la atención. Permanece en silencio, cercano, disponible. Así se nos revela el Cordero de Dios: humilde, entregado, real.
JUZGAR
¿Qué estamos poniendo en el centro de nuestra vida?
El Papa León XIV nos ayuda a mirar con honestidad nuestro tiempo. Vivimos en una cultura que valora la visibilidad, el aplauso y el reconocimiento. Muchas personas terminan persiguiendo estas cosas pensando que ahí encontrarán felicidad.
Pero esas promesas son frágiles.
Duran poco.
Dejan vacío el corazón.
Jesús no nos ofrece una felicidad superficial ni momentánea. Nos ofrece el amor de un Padre que nos conoce, nos desea y camina con nosotros. El Cordero de Dios no viene a deslumbrar, sino a cargar con nuestras heridas y con el pecado del mundo.
Juan el Bautista entendió esto con claridad. Por eso no compite con Jesús ni busca retener a la gente. Su alegría está en que Cristo sea reconocido. Ahí está la verdadera grandeza.
Cuando nosotros perdemos de vista esto, la fe se debilita y la misión se enfría. Pero cuando Jesús vuelve al centro, todo se ordena: la vida, las decisiones y el servicio.
ACTUAR
De la contemplación a la misión
Reconocer al Cordero de Dios no es solo un acto personal. Es una experiencia que nos envía.
1. Vivir como testigos, no como protagonistas
Nuestra vida está llamada a señalar a Cristo, no a reemplazarlo. Evangelizar es ayudar a otros a encontrarlo.
2. Cuidar el silencio y la oración
El Papa nos invita a “ir al desierto”. Es decir, a buscar momentos de silencio para rezar, escuchar y dejarnos transformar. Sin encuentro con el Señor, no hay anuncio auténtico.
3. Compartir lo que hemos encontrado
Juan no guardó su experiencia. La proclamó. También nosotros estamos llamados a decir, con sencillez y coherencia: “Este es el Cordero de Dios”.
Cada gesto de amor, cada palabra sincera, cada acto de servicio puede convertirse en anuncio.
Una invitación misionera
La evangelización comienza cuando alguien se atreve a señalar a Jesús.
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Hoy, como Juan el Bautista, la Iglesia necesita hombres y mujeres que, con humildad y convicción, digan con su vida:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Si esta reflexión te ayuda a orar, a comprender mejor el Evangelio o a mantener viva la fe, te invito a seguir este blog y compartir el camino.
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Evangelizar también es señalar a Cristo con sencillez.
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